La tierra
sedienta y seca aguarda las lágrimas del cielo, pero las nubes no se conmueven.
El viento silva entre los cañaverales, sobre el hilo de agua de ese arroyuelo
sin nombre, entre los cerros pelones, en la vasta geometría que forman las
hileras de las cepas. Cimbrea los brazos de los árboles con sus hojas chicas,
locos y alborotados por su furia. El aire aventa la arena en la llanura
desolada contra las casas, como anunciando una tormenta. En los pinares se
escucha un fragor de oleaje y naufragio. El sol se esconde, el cielo se oscurece, los
conejos se aquietan en sus madrigueras. Negros nubarrones de algodón sucio van cubriendo la tarde.
El hombre,
perdido en el campo y el trabajo, mira al cielo. De esta no pasa, se dice:hoy
va a llover. Otea el horizonte a lo lejos. Allá, en lontananza, donde se
alzan oscuras las sombras de los cerros, se desgajan ramalazos blancos de las
nubes. Allí ya está lloviendo, pero la tormenta viene hacia él y promete
regarlo todo.
Esta vez no va a ser como las otras, se dice. No
va a ser como las gotas que cayeron en
febrero y marzo, cuatro en todo junto.
Ni como el chispear de primeros de abril que llovió como con lástima, sin matar siquiera el polvo de los caminos. Esta
vez tiene que llover de verdad. Una lluvia mansa de muchas horas, sin truenos
ni torrentes. Agua calma, como gato que sestea junto a las brasas del fogón, como perro viejo
que entorna los ojos bajo la paz de un sol tibio. Agua y paz para una tierra sedienta.
Quiere sentir
que los pies se le hunden en el barro. Oler el inconfundible aroma a tierra
mojada. Quiere sentir que no todo está perdido, que el esfuerzo será recompensado.
Quiere ver al campo agradecido.
Que llueva. Tiene que llover. Lo está deseando, tanto o más que la tierra.
Sin lluvia no hay cosecha. Sin agua la naturaleza se agosta, el campo se muere
y los dineros se pierden.
Va a llover.
Lo dijeron en la tele. Lo llevan proclamando muchos días. Esta vez tiene que
formarse un temporal de una semana, como antaño. Llueve que te lloverás. Hasta
que la tierra se esponje, como pan empapado, rebosante de vida.
Se ve junto a
la lumbre, secándose la ropa. Las manos en los bolsillos, mientras el fruto se
multiplica. Ganar sin dar palo al agua. Una sonrisa en los labios y el campo húmedo
y lejano detrás de los cristales. Una brisca detrás de otra y anís para
celebrarlo. ¡Qué mal tiempo tan bueno!
Junto al fuego de la chimenea, el campesino
mirará agradecido a los charcos de la calle, a las canales chorreantes del
tejado, a la cortina de agua que contemplará en el parque, al verde grato que vuelve a revivir
los sembrados.
A la hora de
dormir, abrirá un poco la ventana para escuchar el percutir de la lluvia en el
tejado, en el alféizar, sobre el asfalto y las aceras de la calle. Con esa
música volverá a sonreír y se sentirá tranquilo y ufano. Respirará hondo, como
si quisiera aspirar la humedad de la tierra en almorzadas y con esa mansedumbre
dormirá a pierna suelta toda la noche, en paz con la naturaleza y con el mundo.
Ráfagas de
viento agitan los árboles. Remolinos de polvo bandean la planicie. Los
nubarrones se acercan. Un relámpago se vislumbra a lo lejos. Empieza a llover. El sueño cobra
vida. Caen gotas gordas, que revientan en la aridez de la tierra. El aire
arrecia. Pero, poco a poco, las nubes se alejan hacia el oeste.
La tormenta se desplaza. La lluvia se extingue como un espejismo del deseo
y la tarde. El agua estaba ahí, parecía
que podía tocarse con la mano, pero se fue para otro lado, al albur del solano.
Ajena al agricultor y su campo. Nadie lo sabe, pero parece que la tormenta se
fue para no volver.
El
trigo agoniza en lo enjuto, amarillo, sin fuerzas para crecer y sacar la
espiga. La cosecha está perdida. Los almendros, ¿podrán soportar su carga? Los
sarmientos de los majuelos, cuyas yemas se abren al aire, ¿aguantarán la
sequía? El hombre, desalentado, se lo pregunta en el coche, camino del pueblo. Conecta
la radio. Una locutora dice que, no sé
dónde, un hombre ha muerto de amor y que, incrédulos, todos los vecinos se ríen.
Eso sólo son cosas de las películas, piensa. En el tercer mundo mueren de hambre más de
6.400 niños cada día, pero nadie llora. En España hay 115 desahucios cada 24
horas, pero ni el más sensible se sobresalta porque las malas noticias se han
incorporado al hastío de la “normalidad”. Nuestra alma está seca como la tierra. Dicen que va a llover, pero no llueve.
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